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Soy Paula, tengo 26 años y vivo en Madrid. Gracias por pasarte por aquí e interesarte por mi trabajo. Si quieres hablar conmigo para más info, entra en la pestaña "TALK" y sigue las instrucciones.
En lugar de contar detalles "con gancho" sobre mi vida, decido compartir un texto maravilloso y útil de James Rhodes. Pertenece a "Instrumental", su libro autobiográfico. Si no tenéis tiempo ahora, leedlo más tarde. Pero leedlo:


“Si en este momento estás con alguien a quien quieres y ambos aspiráis a durar, hay unas cosas sencillas que debéis hacer y que os garantizarán en buena medida una relación feliz y prolongada.

En primer lugar, te equivocas. Da igual respecto a qué; si sabes que tienes razón, si todos tus amigos te dicen que la tienes, te equivocas.
¿A él se le ha olvidado vuestro aniversario y te has enfadado? Te equivocas al enfadarte. Cierra el pico. ¿Ella no deja de quejarse de todo el tiempo que le dedicas al trabajo y te atosiga con este tema hasta que te cabreas con ella? Te equivocas. Deja de ser un imbécil.
Lo que más deteriora una relación es tratar de salir ganando.
Rumi, un gran poeta persa, escribió: “En algún lugar del exterior, más allá de las ideas del acierto y del error, hay un jardín. Nos vemos en él.”

Alégrate de equivocarte. Adopta la siguiente postura: “Tengo que currármelo mogollón para compensar que siempre me estoy equivocando, a ver si así ella me perdona.”, y te irá de maravilla.
Vive cada comida/excursión/conversación/paseo juntos como si fuera la primera cita con una persona a la que te mueres de ganas de impresionar.
Preocúpate de la ropa que llevas, ponte nervioso al pensar si se te va a quedar algo entre los dientes en la cena, lávate los bajos a fondo por si se da la remota posibilidad de que pilles cacho, lleva flores, pide la mesa más romántica del restaurante, presta atención y escucha todas las palabras que pronuncie como si tu vida dependiera de ellas.
Sé generoso. Sé generoso todo el rato. Hasta que estés agotado, y luego sigue siéndolo un poco más. Cuando ella te esté sacando de quicio y te quieras tirar por la ventana, ve a prepararle un té, hazle un masaje, hazle un cunnilingus, cómprale un puto diamante. Es el más asombroso de los ejercicios. Hazlo durante un mes y ya verás la diferencia. Y que ni se te pase por la cabeza ponerlo en práctica esperando una recompensa o las gracias. Hazlo porque quieres a esa persona, porque es espectacular, porque la adoras y la deseas. Si todo eso no fuera cierto, no estaríais juntos. Hazlo porque en el fondo sabes que para ti es una puta suerte tener la oportunidad de salir a la calle cuando hace un frío que pela y llueve a mares para comprarle sus flores preferidas.
Asume el compromiso (a menos que ocurra algo grave) de que ni os planteáis dejarlo. No hace falta ni debatirlo. Parte de la base de que estáis juntos, de que formáis un equipo y punto, tema zanjado. Si hay problemas, por serios que sean, se tratan en equipo. Nada de marcharse. Y asume el compromiso del mismo modo en que lo hacen los fumadores que consiguen dejar el tabaco. Pase lo que pase, no encienden ni un pitillo. En el caso del matrimonio o las relaciones es diez veces más fácil, porque los pitillos no te hacen felaciones y te acaban matando. Simplemente te comprometes a estar con la otra persona con independencia de lo que pase, a seguir juntos, a luchar el uno al lado del otro, a formar un frente unido, a ser algo más que la suma de las partes.
Es lo que le dijiste cientos de veces en la primera época, lo que le has escrito en cientos de mensajes de texto, lo que le has susurrado al oído cada vez que folláis. Sé valiente, cumple con tu palabra, hazla realidad.
No os hagáis preguntas sobre el pasado del otro. No analicéis la relación entre vosotros, no examinéis dónde estáis o hacia dónde vais. Esto no procura ni una sola ventaja.
Adelántate a lo que necesita la otra persona, haz cosas que la hagan sentir bien, aunque te parezcan una estupidez, algo indulgente o que está mal.
Reserva diez minutos al final del día para comprobar cómo está el otro. Cinco minutos para que cada persona hable, sin ser interrumpida, de su jornada, que comente algunas cosas que le inspiran gratitud, detalles que ha tenido el otro y que le han conmovido, cosas que le hacen ilusión, que le preocupan. Y terminad siempre con un “Te quiero” y un beso. Siempre.

Todo esto es especialmente importante si tenéis hijos. Estos deben saber absolutamente, sin cuestionárselo, que papá y mamá son lo más importante; la vuestra es la relación fundamental y merece la mayor de las atenciones. Quered a vuestros hijos, mimadlos hasta decir basta, estad disponibles para ellos y dadles todo lo que vuestros padres no os dieron. Pero nunca, jamás, interrumpáis una conversación con vuestra pareja solo porque han entrado como un torbellino en la habitación pidiendo un puto helado. No cambiéis vuestros planes por ellos. No los convirtáis en el centro de vuestro universo. Os lo acabarán echando en cara y, lo que es peor, crecerán con la idea de que tienen derecho a todo, y tardarán décadas en quitársela de encima, con suerte.

Tampoco estamos hablando de física cuántica. Lo único que puede estropear la situación eres tú, o, más concretamente, tu ego.
Claro que a los dos os entrarán ganas de follar con otras personas. Claro que os molestará que el otro haya engordado un poco y ya no tenga un aspecto tan atractivo. Claro que pensarás que todo sería más fácil con una persona nueva, flamante y excitante. Pero no es el caso. Echarás a perder otros diez años, acabarás exactamente en el mismo sitio y te odiarás un poquito más. Déjalo.

Date cuenta de que puedes ser feliz del todo con la persona con la que estás ahora, ponte a ello y dirige la energía que pierdes en chorradas del tipo “y si/ojalá esto y lo otro…” a otras cosas más constructivas.

Lo mejor es que todo se puede resumir en dos palabras: Sé bueno.
No hay que confundir la bondad con la debilidad. La bondad es algo que se practica cada vez menos, la cualidad más importante de este mundo, en el que brilla por su ausencia.

Cuando todo lo demás falle, piensa en cómo sería tu vida sin tu pareja; no en la fantasía de tirarte a todo lo que se mueve, tener un pastizal a tu disposición, dormir hasta la hora que quieras y cagar con la puerta del baño abierta, sino en la realidad desgarradora, solitaria y fría de un día tras otro sin esa persona. Imagínate esa situación durante un buen rato y después vuelve a hacerlo. Pasa unas cuantas horas en ese contexto y estúdialo desde todos los ángulos. Siéntelo. Y luego deja de actuar como un gilipollas y vuelve a la tarea que tenías entre manos. “
                                                                                                                                                        - James Rhodes